Juan Ignacio de Ibarra, compañero leal, amigo del alma, hermano y maestro mágico, augur de consejos impagables, surtidor de palabras, látigo de papel, micrófono encendido, vigía grana, murciano de dinamita, entrada libre, alfiler florentino, ángel escénico, poeta profundo, oráculo vitalista, cazador de espumas, centro de mesa, duende de asfalto, violinista sobre nuestro tejado, balcón de horizontes cercanos, mensajero fiel; a Juan Ignacio de Ibarra, oscura claridad, perdona que te diga, no puedo escribirle un “ in memoriam”. Me faltan a mí, conmocionado como estoy, palabras. Y le sobran a él méritos para sobrepasar, con creces , este espacio.

 

A este lado de la vida, José Antonio, las cosas se ven de diferente manera.

 

Me dedicó Juan Ignacio, miércoles noche, las misma palabras que él escuchó de su padre en una situación similar convertida en despedida. Luego, a las pocas horas, te dicen que Ibarra ha muerto y el vello se te pone como escarpia. ¿Sabía Juan que se moría?. Cuando menos lo presagiaba. Por eso, nuestra larga conversación, más de media hora, a mí me terminó sabiendo a una partida, a un adiós, a una marcha mucho más cercana de lo que parecía. Su última entrevista con muchas cargas de profundidad de un Ibarra trascendente, lúcido,abierto, perdurable y en esa misma medida, inmortal.

 

Otras veces, centenares, habíamos comenzando hablando de fútbol, nuestra afición y del Real Murcia, nuestra pasión, de la política regional o del panorama periodístico hoy tan distinto y tan distante del ayer. En esta ocasión , sin embargo, Juan Ignacio me recibió hablando con una singular belleza y profundidad de la vida:

 

–La vida, Jose, me ha tratado muy bien. Me ha dado mucho. Estoy muy agradecido a la vida porque , a la hora de hacer balance, me ha dado mucho más de lo que esperaba de ella; aunque también ha sabido cobrárselo.

 

Los últimos años del maestro no han sido fáciles: la enfermedad que le obligaba a dializarse cada cuarenta y ocho horas, la amputación de una de sus piernas y , sobre todo, la muerte de su hija Marien son tres aguijones difíciles de soportar. Pero él lo hizo.

 

Y me habló con una inmensa ternura de cómo afrontaba su mujer, Encarnita, amiga, esposa y compañera, la ausencia de su hija. Y compartimos el inmenso dolor de una madre, porque se acordaba que yo también pasé por una situación similar con el fallecimiento de mi hermano. Y me contó, emocionado, las horas que había pasado estas fiestas con sus nietos, especialmente con las hijas de Marien.

 

–Velad porque a mi familia no le falte de nada. Es lo único que os pido a los que sé que me queréis.

 

–Venga, Juan. Que te quedan muchos años de vida.

 

–No le tengo miedo a la muerte, José Antonio. Es un proceso natural de la vida, uno más. La muerte no es lo contrario a la vida. En todo caso, es lo contrario al nacimiento. Pero la vida es muy hermosa, eh!

 

Y volvió a hablarme de sus agradecimientos. De sus logros y de los múltiples reconocimientos que ha recibido. De su Escuela Superior de Arte Dramático, de la calle murciana que lleva su nombre, del titulo de “maestro de periodistas” concedido por los propios compañeros, del reconocimiento de la UCAM como catedrático de honor. Y nos perdimos en las miles de anécdotas de toda una vida juntos. Más de cuarenta y cinco años , ayer como quien dice, desde que me llamó un buen día para incorporarme junto con González Barnés, Lorente, López Franco y Carrillo a la primera redacción de su programa “IbarraEstadio” , en Radio Juventud; y para hacerle una entrevista a Arconada en las páginas del periódico “Línea”.

 

–El otro día , viniendo de Moratalla de dar un recital poético, dos amigos me dijeron que nunca habían conocido a nadie tan poco dado a poseer algo. Así que le he encargado a mi hija María Dolores que me vaya preparando dos maceticas en la terraza.

 

A Juan Ignacio de Ibarra, amigo magistral, pluma ilustre, cantor de gestas, cronista infatigable, declamador irrepetible, galán sin máscara, intérprete vitalista, histrión sin comparsas, notario de actualidad, reportero sin fronteras, murciano sin renuncias; a Juan Ignacio, digo, no podía escribirle un “in memoriam”. Me faltan palabras y a él le sobran méritos, historias y anécdotas. Te cuento su última entrevista. Su último regalo. Su corazón encendido. Su corazón apagado.

 

 

 

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